jueves 19 de noviembre de 2009

Devaneos. Historias de un diccionario desconocido


Las frases célebres nunca pasan de moda. Se repiten en fotocopias pegadas en farmacias, papelerías y cuadernos de bachiller o en ensayos eruditos o epidérmicos. En los primeros lugares del ranking de citados aparecen siempre los mismos: Oscar Wilde, Borges, Lao Tsé, Tagore, George Bernard Shaw (“Cuando tenga dudas, adjudique todas las citas a George Bernard Shaw”, alcanzó a decir Nigel Rees, él mismo un coleccionista de frases).

Es inevitable. Los lectores vamos acopiando, al ritmo de nuestras lecturas, nuestro propio devocionario, con escandalosas subrayas de resaltador verde limón o con recatadas marcas de lápiz en el margen más escondido para el ojo. Luis H. Aristizábal, lector incombustible, ha marcado libros desde antes de sus once años. Todas esas marcas, que ha ido pasando pacientemente al computador con el ánimo de recuperarlas con facilidad, comenzaron en la década del ochenta a conformar unas Lecturas para los amigos, y se han ido especializando en autores colombianos hasta componer el sabroso Diccionario Aristizábal de citas y frases colombianas.

Allí están, ay, las señas de identidad de nuestra nación: “En este país el que ataca lleva la razón (Luis Aguilera)”, “Colombia tiene una tradición jurídica muy arraigada y poca justicia (Malcolm Deas)”. Ay, la manera en que pasan nuestros días: “A los treinta y cinco, todo colombiano empieza a perder las aristas de la inconformidad. A los cincuenta las ha perdido todas. De ahí en adelante será un entusiasta de la música nacional y de la cocina criolla (Hernando Téllez)”, “Y todo en Colombia está para la firma (Germán Arciniegas)”, “El 9 de abril es el caso de un pueblo que se lanzó a la calle a tomar el poder y se quedó en las tiendas tomando trago (anónimo, citado por Gonzalo Canal Ramírez)”. Y también lo que se dice en las regiones de otras regiones: “Las letras en Antioquia son letras de cambio (Miguel Antonio Caro)”, “Bogotá es el encuentro de un paraguas con un ojo (Elmo Valencia)”, “Cali, más que una ciudad, es una herida de amor que nunca termina de matarnos (Gonzalo Arango)”.

Un recorrido por el diccionario nos dibuja como nación, con nuestras vergüenzas más notorias –“ Al contribuyente hay que sacarle los hígados con el menor dolor posible (Luis López de Mesa)”– y las más destartaladas salidas – “Yo coloco aquí, a la derecha, aquellas cartas que tratan de asuntos que se resuelven solos, y por esto no hay que contestarlas. Las de la pila de la izquierda corresponden a lo que nunca va a resolverse, y que por lo tanto no hay que contestar (Miguel Abadía Méndez, presidente de Colombia 1926-1930)”.

Como se ve en los ejemplos, no son apenas citas célebres en el sentido más heráldico del término, de esas que se esculpen en las estatuas de los héroes y adornan los discursos veintijulieros: son también epigramas, repentismos, picardías, simplezas, filosofismos – “El tango me va entrenando pa la muerte (Manuel Mejía Vallejo)” – y poesía: “Un túnel no es otra cosa que un bostezo de piedra (Juan Manuel Roca)”.

No apuntan todas a definir la colombianidad, muchas son sólo bonitas, sonoras, paradójicas o humorísticas – “Por lo que se me alcanza, el clima frío y destemplado de Bogotá es una invitación a la demografía (Lucas Caballero Calderón)” –. Lo dice el propio Aristizábal en la introducción al diccionario: “No se trata, pues, de frases célebres solamente. Las ‘frases célebres’ son apenas una especie dentro del género ‘citas’. Aquí están las frases célebres, desde luego, pero también frases no conocidas, aunque dignas de ser citadas”.

Dignas de ser citadas, sí, como el Diccionario Aristizábal de citas y frases colombianas. Lástima que a pesar de ser una obra única en su género y la pueda alcanzar cualquier bolsillo, porque es gratis, encontrarla no es fácil: está en la página web de la Biblioteca Luis Ángel Arango, y para llegar a ella hay que pasar por varios vínculos y motores de búsqueda. Aristizábal espera aún colaboraciones de interesados en ampliar el diccionario y rectificaciones de descendientes que sientan mal citada a su parentela. Ante el silencio de unos y otros quizá convenga poner aquí la dirección exacta, pues quién quita que hayan estado buscando al autor y se hayan perdido en recovecos cibernéticos. Como se dijo al principio, este diccionario, más de colombianadas que de colombianismos, es una auténtica sabrosura.


Diccionario Aristizábal de citas y frases colombianas (fragmento)

Colombia es un lote de terreno al que le pusieron unas fronteras arbitrarias, un himno feo y un bonito nombre (Héctor Abad Faciolince).

Estoy convencido de que el trascendentalismo es apenas una y la más soporífera forma del aburrimiento (Marco Tulio Aguilera Garramuño).

El pueblo colombiano al elegir a sus mandatarios no ha comprometido jamás la dignidad de su obediencia (Ricardo Becerra).

Antioqueños: el general Mosquera ha levantado el estandarte de su personalidad más allá de la cual no se alcanza a divisar un solo principio (Pedro Justo Berrío).

Si no fuera por las olas, caramba, Santa Marta moriría (Francisco Bolaño).

Hay quienes creen que en Colombia actúan dos partidos liberales si se miran con un criterio optimista. Pero al emplear una óptica pesimista, lo que se observa son dos partidos conservadores (Héctor Charry Samper).

Este pueblo colombiano / es prudente hasta el exceso: / hace un Congreso Mariano / y un Mariano sin Congreso (Carlos Arturo Díaz).

El ají es la mostaza de los pobres (Eugenio Díaz).

El poder, ¿para qué? (Darío Echandía).

Ser colombiano es un privilegio cuando se tiene la explícita aspiración de ser un monstruo (Héctor Escobar Gutiérrez).

Colombia es, especialmente en su último siglo de vida, el caliginoso reino de la amnesia y del no saber a dónde vamos por ignorar de dónde venimos (Alfredo Iriarte).

La sirvienta es la base de la felicidad en el matrimonio (Agustín Jaramillo Londoño).

La única falta de mi tía era un monstruoso desequilibrio entre sus virtudes y sus rentas (Lucas Caballero Calderón, Klim).

Bogotá carecía entonces de distracciones. Era como vivir hoy en Facatativá, pero sin luz eléctrica (Lucas Caballero Calderón, Klim).

Ah, cómo quedaba uno de bien pecado en París... daba gusto confesarse después (Lucas Caballero Calderón, Klim).

Un país mal informado no tiene opinión. Tiene prejuicios (Alberto Lleras Camargo).

¡Mamá, estoy triunfando! (Noel Petro).

Ustedes saben que yo soy de una sola pieza, como la banda de Guatavita (Álvaro Salom Becerra).

miércoles 11 de noviembre de 2009

Cuentos reunidos, de Sherwood Anderson





De Sherwood Anderson apenas conocía menciones. De escritores prestigiosos, sí –Faulkner, Borges, nada menos–, pero sólo menciones. Su traducción al español ha sido casi ninguna, por lo que había advertido su nombre nada más esporádicamente en arrinconados pies de página. “Maestro del relato corto” es el apellido que con más frecuencia le calzan a su nombre los comentaristas, sin ir más lejos. En fin, nunca lo había leído y me llamó la atención la preciosa edición de Lumen que vi en una librería hace un par de semanas. Valga mencionarla porque es selecta y está bien atendida: se trata de Prólogo Café y Libro, en la calle 96 abajo de la carrera 11, en Bogotá. Buena librería, pero mejor lo que me traje de allí.

Porque Anderson ha sido, creo, el descubrimiento literario más grato de este año. Extrañeza, humor, desazón; reflexión pero también acción y peripecia; esas frases filosas, esos americanos magullados que tanto nos gustan partieron de las imaginaciones de este campesino, publicista e industrial nacido en Ohio en 1876 y muerto en Colón, Panamá, en 1941. De él parte esa visión de Estados Unidos, esa imagen de sus gentes, que cultivaron el propio Faulkner, y Cheever, y McCullers, y Capote, y Carver, y tantos otros que leemos en estos días con fruición. Sherwood Anderson es el papá de todos esos autores, de todos esos personajes; es el pintor y el arquitecto de esa América que nos fascina a los lectores de hoy.

Creo que sin excepción están compuestos en primera persona, y el relato se despliega, en unas ocasiones, en las diferencias entre el mundo exterior y la manera como ese narrador lo ve; en otros relatos, en aventuras simples y llanas; en otros más en historias que el narrador nos quiere contar. Esa intención de contar está explícita en casi todos estos cuentos: “En todo caso, es toda una historia y de vez en cuando nos gusta contar una historia directamente” (p. 155, “La historia de un hombre”); “Tal vez incluso ahora, después de todo este tiempo, encuentre cierta satisfacción humillándome al contarlo. Empezó a las tres en punto...” (p. 74, “Soy un idiota”); “Un hombre ha asesinado a su mujer y parece que no hay motivos para el hecho. La historia es más o menos así:” (p. 64, “Hermanos”); “En vista de que me he autoimpuesto como tarea la narración de un relato curioso en el que yo mismo esté involucrado...” (p. 91), que son las palabras iniciales de “El triunfo del moderno o mandad llamar al abogado”.

Este relato es, si se quiere, un chiste contado con perspectiva literaria, si tal cosa es posible. Un aspirante a pintor compone apenas una obra en su vida, y esa obra única le trae no la fama, pero sí cierta fortuna material. Es que esa obra es una carta conmovedora que envía a una tía que no conoce, enferma, solitaria y ricachona. Pone todo su empeño en enternecer a la tía que nunca ha visto, que nunca lo ha visto a él. La última frase del relato cambia el destino de este cínico y adorable narrador. ¿La cito? Bueno, al fin y al cabo no es lo más gracioso del relato (es el perfil del narrador), al fin y al cabo no es el cuento más simpático de esta colección: “Pobre crío –le dijo mi tía a la enfermera–, le haré las cosas más fáciles. Mandad llamar al abogado” (p. 97).

Ahí está para corroborar lo anterior, por ejemplo, “El huevo”, de 1921, donde un personaje repasa su infancia miserable en una granja de pollos que su ambiciosa madre ha obligado a comprar a su padre. Si la nuez del arte literario no habita en esta página que me voy a tomar el gusto de transcribir completa, no sé dónde pueda hallarse:

Puede que alguien poco versado en estas cuestiones no tenga la menor idea de la cantidad de hechos trágicos que le suceden a un pollo. Sale del huevo y vive unas pocas semanas como la cosita tierna y suave que habrán visto en las postales de Pascua. Luego se transforma en un ser horriblemente desnudo que come grandes cantidades de maíz y pienso comprado con el sudor de la frente de tus padres, se contagia de una enfermedad que se llama disnea, cólera u otro nombre. Se queda mirando al sol con expresión estúpida, empeora y muere. Unas pocas gallinas y, de vez en cuando, algún que otro gallo, con la intención de servir a la inescrutable voluntad de Dios, luchan hasta alcanzar la madurez. Entonces las gallinas ponen huevos de los que nacen nuevos pollos y así se completa el espantoso ciclo. Es todo increíblemente complejo. La mayoría de los filósofos deben haberse criado en granjas de pollos. Uno pone muchas esperanzas en un pollo y sufre una desilusión espantosa. Los pollitos, apenas iniciado el camino de su vida, parecen muy despiertos y brillantes, pero en realidad son de una estupidez espantosa. Se parecen tanto a las personas, que nos confunden nuestros juicios acerca de la vida. Si la enfermedad no los mata, resisten hasta cumplir en todo las expectativas de uno y entonces se arrojan bajo las ruedas de un carro para morir y regresar aplastados a los brazos de su creador. Los gusanos infestan su juventud, y hay que gastar fortunas en polvos medicinales. Más tarde vi surgir toda una literatura acerca de las fortunas que se podían hacer con la cría de pollos. Pues bien, la pensaron para que fuera leída por los dioses que han comido del árbol de la ciencia del bien y del mal. Es una literatura optimista y afirma que la gente ambiciosa puede llegar a hacer muchísimo con unas pocas gallinas. No se equivoquen. No fue escrita para ustedes. Vayan a buscar oro a las heladas colinas de Alaska, pongan toda su fe en la honestidad de un político, crean, si así lo quieren, que el mundo va cada día mejor y que el bien triunfará sobre el mal, pero ni lean ni crean toda esa literatura acerca de las gallinas. No fue escrita para ustedes (pp. 43-44).

De nuevo, cito esta vez en extenso porque no es la página más brillante de este relato, mucho menos de esta colección, por lo que con ello no voy a arruinar la lectura del libro. Y encima, no todo es gracia y humor: en estos relatos también palpita cierto suspenso, la tensión que debe tener siempre un relato poderoso. En la frase de uno de ellos está contenida esta sensación permanente: “Espero con la extraña sensación de algo inminente. Mi mano tiembla”, dice el narrador de “El hombre del abrigo marrón”, p. 60. En el último relato, "Ciertas cosas perduran", un hombre quiere escribir una novela, e insiste en esa cierta incomodidad, esa desazón que recorre estos relatos con magia; un pensamiento del narrador de ese relato la entendí como un testamento del autor, como una declaración que le cabe a todos estos Cuentos reunidos: "Lo que quiero lograr es expresar en mi libro una sensación de extrañeza ante la vida diaria que gradualmente, desde que era un muchacho, se ha ido apoderando de mí" (p. 323).

Pero aquí, también, hay descripciones hermosas y evocadoras, exactas y simples, como salidas de las manos de Walt Whitman, donde un sustantivo bien puesto recobra toda su dignidad y no necesita de ningún adjetivo que lo adorne, donde la repetición de una palabra (véase en la cita extensa de arriba el caso de la palabra espantoso) está motivada por la idiosincrasia del personaje, o porque justo ésa es la palabra que debe ir allí, ninguna otra. En fin, esto es Sherwood Anderson: “Nada tiene un aroma igual al del café, el estiércol de los caballos, el tocino frito y una pipa fumada al aire libre en una de esas mañanas. Todo eso te atrapa, eso es lo que pasa” (p. 35); “¡Oh, sí, madre de Dios! Los hermosos nogales, hayas, robles y demás especies de árboles que hay por el camino, todos marrones y rojos, y los aromas, y Burt cantando una canción que se llamaba ‘Río profundo’, y las muchachas del lugar asomadas a las ventanas de las casas y todo eso” (p. 77). “Aquel caballo no pensaba en correr, no necesitaba pensar en eso. Pensaba tan solo en contenerse hasta que llegara el momento de correr” (p. 37); “Cuando se sale con chicas como esas uno no puede ser descuidado ni perder ningún tren y quedarse fuera toda la noche, como puede hacerse con cierta clase de chicas que se llaman Jane” (p. 87).

Los caballos, el campo, las muchachas... un narrador que no sintoniza muy bien con el entorno, una sintaxis por momentos telegráfica, por momentos expansiva, en todo caso musical; el humor y la tensión: son estos los más conspicuos ingredientes de los relatos de Sherwood Anderson, quizá el más afortunado descubrimiento literario de este año.


Sherwood Anderson, Cuentos reunidos, Barcelona, Lumen, 2009, 331 páginas. Traducción y prólogo de Vincenç Tuset.

viernes 30 de octubre de 2009

Fusilado: Eduardo Caballero Calderón


Como verán los lectores frecuentes de la página, seguí con el señor Caballero Calderón. Tanto que lo desprecié en mi juventud, y ahora lo siento como una suerte de Proust sabanero (releo la frase anterior y no me parece exagerada, así que la dejo ahí con todas sus letras). Las descripciones tan amorosas, la prosa tan cantarina, los perfiles de los personajes tan bien compuestos, las ideas tan templadas me llevan a considerarlo uno de los grandes escritores colombianos. Voy a seguir por los laditos con su obra. Carlos, visitante y comentarista acucioso del Club de Conversación de El ojo en la paja, me dejó amablemente en la recepción de mi oficina la primera edición de Hablamientos y pensadurías, y me lo leí en Medellín el fin de semana pasado. Hay mucho por escoger allí, y también mucho por desechar, en tanto se trata de notas intimas, esbozos, borradores: “prosa de escritor”, como la llama Daniel Casany. En fin, ejercicios. Esta es apenas una muestra de este extenso y desigual libro de casi 400 páginas. Para datos biográficos, remito al artículo de su hija, Beatriz Caballero, que lo pinta muy bien. O mejor, al libro que publicó Taurus, donde se extiende Beatriz en el perfil de su padre: divertidísimo.


Hablamientos y pensadurías (fragmentos)

Hace años, en Madrid, José Antonio Pardo, fundador del Instituto de Ciegos de Bogotá, me pidió que lo acompañara al Museo del Prado. Quería “volver a ver” el cuadro de las Meninas de Velázquez. Pardo se había quedado ciego desde hacía muchos años, y nunca supe si antes de esa desgracia había estado alguna vez en Madrid, o si sólo conocía el lienzo de Velázquez en alguna reproducción cuando todavía era vidente. Llevándole del brazo llegamos frente al cuadro, una mañana en que felizmente eran muy escasos los visitantes al museo. No tengo para qué contar lo que sentí al lado de aquel hombre que miraba el cuadro sin verlo. Un cuarto de hora, media hora, una hora entera permanecimos allí sin cruzar una sola palabra. Cuando salíamos del museo y una onda de sol caliente nos acarició el rostro, me repitió que su mayor deseo al venir a Madrid había sido el de “volver a ver” el cuadro de las Meninas de Velázquez.

--

Don Luis de Zuleta, ex ministro de la República Española, ex embajador en Londres y en Roma, magnífico escritor y sociólogo, vivía no lejos de mi casa en Bogotá. Yo lo admiraba mucho. Me encantaba su conversación salpicada de anécdotas y juicios muy certeros sobre personajes que había conocido y tratado en sus viajes por todo el mundo. Pero el diálogo con don Luis –como con don José Ortega y Gasset, o don Eugenio D’Ors, o Fernández Flórez y otros escritores que años después conocí en España– consistía en escuchar un monólogo que el supuesto interlocutor no se atrevía a interrumpir. Cuando yo me lo permitía con don Luis a fin de profundizar algo que me interesaba particularmente en lo que él no acababa de contar, me miraba un momento con curiosidad, carraspeaba, tosía, exclamaba ¡Vamos, ea!, y continuaba su relato como si no hubiera pasado nada. Lástima grande, les decía a mis amigos, que don Luis esté sordo. Hay muchas cosas que quisiera preguntarle, pero es inútil. Con los sordos no se puede dialogar. Pero a las dos o tres semanas de encontrarme en España por primera vez, comprendí que todos los españoles son sordos, y si no lo son, todos se comportan como si lo fueran.

--

Uno a uno los compañeros de Rodriguitos fueron desertando de sus pretensiones a la secretaria. La consideraban un pasatiempo costoso, una amante imposible, o una compañera simpática que aligeraba los grises tedios burocráticos, pero nada más. Llegó el momento en que por su perseverancia Rodriguitos quedó dueño del campo. Fue cuando decidió comprar a plazos un departamento amoblado y decorado por un experto, según anunciaba la televisión. Vendió sueldos por adelantado para pagar la cuota inicial y el día en que le entregaron las llaves se tomó unos tragos de aguardiente en el café. Con la desconcertante intrepidez de los tímidos invitó a cine a la secretaria y le enseñó las llaves de su departamento. Rodriguitos quería deslumbrarla. Se consideraba íntimamente, si no superior, por lo menos distinto a sus colegas de oficina. No se le ocurría pensar que como ellos se había enamorado de la secretaria; como ellos odiaba al viejo agrio y regañón que era su padre; como ellos consumiría rápidamente su juventud entre cuatro paredes cubiertas de estantes abarrotados de legajos amarillos. Como ellos, en fin, sólo pensaba en el cobro de la quincena, en la prima de Navidad, en lograr un pequeño ascenso buricrático, en no perder el puesto en la próxima y anunciada crisis ministerial.

Aquel sábado, se encaminó al barrio modelo construido por un instituto oficial y destinado a empleados de pequeña clase media económica, como Rodriguitos. Trabajo le costó dar con el bloque número 7 B de la concentración familiar C en el sector A de aquel barrio. Cuando llegó al piso 7, número 33, abrió la puerta de su futura vivienda con tal emoción que por poco quiebra la llave al forzar una y otra vez la cerradura.

--

Escribía en el corredor cuando desapareció la mancha de sol que lamía la plazuela con su lengua dorada. Las cúchicas cantaban y alborotaban en su torre. Con movimientos mecánicos y nerviosos agitaba la cresta con su pequeño capelo cardenalicio el pechirrojo que todos los días viene a tomar el sol parado en las cuerdas de la luz. Yo quiero creer que viene por mí, a iluminarme como las lenguas de fuego que llovieron del Cielo sobre el Colegio Apostólico. Pero huyó y echó a volar cuando callaron las cúchicas en la torre.

Una sombra húmeda y fría se proyectó sobre el comedor. Una nube retinta se tragó rápidamente las nubes que flotaban sueltas, redondas y luminosas como globos cautivos, sobre el cañón del río. No tardó el paisaje en esfumarse y ensombrecerse del todo. El horizonte se acercó rápidamente. Primero desapareció la mole verdinegra de la cordillera. Luego se borraron los árboles de la huerta. Finalmente se diluyó la torre de la capilla en la marea de niebla que empañaba la vista. Un relámpago resucitó un instante la realidad del paisaje perdido, al azotar los flancos de la cordillera con su látigo incandescente. El trueno estalló detrás de él con tal estruendo que duró largo rato rebotando en las oquedades de la montaña que se empina detrás de la casa.

Fue cuando toda aquella negrura se disolvió en cataratas que castigaban violentamente la tierra, doblaban el follaje de los árboles, marchitaban las flores del jardín, inundaban el patio y se precipitaban en torrentes tejas abajo. De ordinario lejana y silenciosa, la quebrada embestía iracunda las grandes piedras redondas del cauce y en virtud de un extraño fenómeno acústico parecía hervir al borde de las tapias que rodean la casa.

Diluvió media hora seguida, y de haberse prolongado aquello cuarenta días y cuarenta noches, como el Arca de Noé, la casa habría zarpado y se habría echado a navegar sobre el cañón del Chicamocha. Cuando escampó y el paisaje familiar insurgió reverdecido por una luz blanca, comenzó otra vez el alboroto de la cúchicas de la torre y el pechirrojo volvió a pararse en las cuerdas de la luz a mirarme escribir. Cesó el estruendo de la lluvia en los tejados y apenas unas pesadas gotas de agua que caían del durazno golpeaban en el patio de la superficie de la pila.

--

Andando por el tortuoso camino de estos monólogos –que zigzaguea como los de herradura, y trepa una cuesta empinada para luego descender al fondo de un abismo– he llegado a comprender más claramente cuál es mi intención al escribirlos. Es poner en negro sobre blanco lo que se me ocurre de pronto, sobre lo cual acaso reflexione otra vez, pero que por lo general, como si se tratara de una bola de papel, arrojo al cesto de la basura que es el olvido. Se trata de cosas que no vale la pena escribir, que no son sino embriones de ideas y larvas de recuerdos. Cosas que imagino un poco de soslayo, a hurtadillas de mi yo organizado y consciente, y que son de aquellas que no considero aptas para comunicar a los demás y mucho menos para discutir con ellos.

¿No serán más bien estos monólogos algo así como malos pensamientos, ni siquiera pensamientos sino “pensadurías” como decía en otra parte?

--

Cuando aquel sábado Rodriguitos llegó al departamento número 33, del piso 7 A del bloque número 7 B de la concentración familiar C en el sector A del Barrio Modelo, y finalmente logró abrir la puerta, se halló en una minúscula sala comedor. Cuatro sillas de paja, un paisaje suizo sobre la falsa chimenea, una mesa imitación colonial, una mata de helecho en un rincón, olor a pintura fresca. Cuando sin poder contenerse prorrumpió en una exclamación de júbilo, lo siseó alguien a quien no había visto y que asomado a la ventana abierta contemplaba el paisaje: frente a frente, a cinco metros de distancia la culata izquierda ciega y de cemento gris del bloque número 6; al otro lado de la culata de cemento, gris y ciega, del bloque número 4...

Usted se ha equivocado de bloque, de sector, de piso o de número, le dijo un hombre muy semejante a él, tal vez un poco menos bajo y enteco, pero que lucía al cuello una corbata multicolor exactamente igual de la de Rodriguitos. Éste le enseñó su llave. ¿No se lo decía yo?, expresó el otro con sonrisa sarcástica. Su departamento es el 03 del piso 7 B de la concentración familiar B del sector C del Barrio Modelo.

Después de subir y bajar centenares de escaleras, pues los constructores del Barrio Modelo estimulaban el ejercicio de millares de empleados mediante la higiénica supresión de los ascensores; luego de visitar docenas de departamentos con una minúscula sala-comedor, cuatro sillas de paja, un paisaje suizo sobre la falsa chimenea, una mesa imitación colonial, una mata de helecho en un rincón, olor a pintura fresca y alguien asomado a la ventana contemplando el paisaje de culatas grises, Rodriguitos llegó, ¡al fin!, a su propio departamento. Aunque el suyo era exactamente igual a los centenares que acababa de visitar –minúscula sala-comedor, cuatro sillas de paja, paisaje suizo sobre la falsa chimenea, mesa imitación colonial, mata de helecho en un rincón, olor a pintura fresca–, Rodriguitos se precipitó a la ventana para contemplar el paisaje, su paisaje hogareño si algún día lograba casarse con la secretaria auxiliar del jefe de la oficina de correos: frente por frente, a cinco metros de distancia, la culata ciega y de cemento gris del bloque número 4; a un lado la culata ciega y gris del bloque número 5; al otro lado la culata gris y ciega del bloque número 2...

--

De un tiempo a esta parte, a las cinco en punto de la mañana en la torre de la iglesia suenan catorce campanadas con un ritmo impreciso. Poco más tarde, cuando el cielo comienza a clarear y a teñirse de un amarillo tierno, canta el gallo parado sobre una tapia o una cerca de piedra. Cacarean las gallinas para anunciarle al gallo que acaban de poner un huevo en el solar. Ladra un perro en el horizonte tragado por la niebla, apelmazada en la lejanía, y centenares de pájaros cuyos nombres no vienen al caso se echan a cantar en la huerta. Es el toque de la alborada: el Ángel del Señor anunció a María...

Los niños trepan por los riscos como cabras, en dirección a la escuela vecina. Los campesinos pasan por el camino real con un buey de cabestro o una pica al hombro. Los primeros camiones cruzan roncando por la carretera. Un momento más y el primer rayo de sol logra encaramarse a la cresta nevada de la Sierra de Güicán. Crujido de los portones que se abren de par en par sobre los corredores resonantes, aullido de perros a los fantasmas que huyen antes de que se les figue la noche, maullidos de gatos que se despiertan con hambre, carreras de faras en los zarzos. Gritos de gañanes en el monte, conversación de peones en el patio de la cocina, golpe acompasado del hacha en el tronco seco que se convierte en leña. Finalmente, la campana llama a los niños al colegio y un sol nuevo, en el cielo lavado por la lluvia de la noche anterior, es el primero en asomarse al salón de clase al través de los vidrios de la ventana.


Lo fusilamos de: Eduardo Caballero Calderón, Hablamientos y pensadurías, Bogotá, Prograff, 1979, 362 páginas.

martes 13 de octubre de 2009

El buen salvaje, de Eduardo Caballero Calderón



Desde el primer párrafo el narrador de esta novela pone sobre la mesa las dos cartas que siempre va a tener en frente y que lo atormentarán durante las siguientes casi 300 páginas de éste, su diario: “Resueltos temporalmente mis problemas económicos con los cien francos nuevos –diez mil antiguos es más estimulante– que me prestaron en el Consulado, tengo por lo menos diez días tranquilos para comenzar mi novela. Estoy resuelto a escribirla. He leído tantas novelas malas en los últimos meses…”. Los cien francos nuevos no le duran diez días, apenas un par. Ya desde que sale del consulado y se mete a un café empieza a menguar la cifra, a punta de repetir un estribillo que leeremos también de aquí en adelante con frecuencia: “¡Un Ricard, por favor!” (Puede reemplazarse este aperitivo por whisky o cerveza, pero el Ricard es el preferido del narrador). Y en cuanto a la novela... esboza situaciones, imagina diálogos, perfila personajes, calibra los momentos dramáticos y serenos de la trama... pero nunca llega a escribirla, como sucede con las 13 o 14 que imagina a lo largo del diario, casi que una por capítulo, que en este caso se llaman Cuadernos.

Y a partir de ese primer párrafo, de ese primer cuaderno-capítulo, conocemos en profundidad a nuestro personaje: una suerte de Ignatius J. Reilly –o de Tartarín, o de Guzmán– a la colombiana, simpático y algo patético, convencido por momentos de su genio literario, que va convirtiendo en fracasos una tras otra las empresas que adelanta. Aunque no se le puede negar su talento narrativo para ver situaciones, para imaginar novelas, para describir ambientes o personajes: “Las islas de París son los jardines. El Sena es un pretexto para que pasen los puentes de París” (p. 125); para la madre de Marsha, una americana comunista con la que se enreda unos días, vivir en París es “contar entre las amistades un príncipe destronado de los que viven en Portugal, un Premio Nobel de física, un actor de cine, un novelista norteamericano, un homosexual, un cardenal, un italiano” (p. 140); “Si Rose-Marie no fuera virgen, como seguramente lo es, ¿la amaría como hoy la amo o la desearía rabiosamente como a esas niñas que viajan colgadas de los labios de un muchacho que no soy yo a lo largo de siete estaciones de metro?” (p. 201)... Sobre ese inglés de pañuelo de seda y monóculo que entra siempre al mismo bistró: “Todo el mundo lo conoce aquí, desde hace veinte años, pero él no conoce a nadie. Es un personaje sin novela” (p. 202).

Pero en lo que este personaje inolvidable despliega todo su ingenio es en su ideario, que abarca el arte, la política, la literatura, los tipos humanos… Encontramos casi en cada página una frase memorable por su forma, por su humor, por su patetismo. Y me voy a permitir aquí citar algunas en extenso. “Cuando digo que no quiero pensar, lo que en realidad sucede es que no quiero sentir” (p. 98). “El clochard es un charco de soledad en medio de la calle” (p. 56). “Detrás de esas novelas no hay nada. No hay una historia, ni una memoria, ni una realidad personal, ni una humanidad interesante, ni una sociedad atractiva, ni una tierra ni un país por detrás. Esa literatura huele a alcoba sin ventilar, a ropa agria y mal lavada, a falta de agua y jabón, a escaleras crujientes manchadas con orines de gato” (p. 10). “Los impresionistas habían dejado súbitamente de impresionarme” (p. 32). “En todo niño hay un policía de costumbres y un puritano cínico e hipócrita” (p. 17). “El escritor de autobiografías piensa arbitrariamente que su personalidad es ejemplar [...] Los escritores de este género literario no anotan en sus diarios lo que han hecho en el día, sino que hacen durante el día algo que desean anotar en sus diarios” (p. 65). “Los países felices no tienen historia” (p. 109). “Hay tres tipos de insolencia que no puedo soportar: la de los negros que se sienten blancos, la de los jóvenes que se creen inmortales y la de los comunistas que se consideran depositarios de una verdad revelada por Marx. Y este tipo es negro, joven y comunista” (p. 113).

Uno se ríe a veces con esas ocurrencias, se sorprende a veces con ideas brillantes o aforismos desgajados como sin querer, se compadece a veces con todas las oportunidades desperdiciadas por este hombrecito que paso tras paso está intentando una novela posible e improbable y buscando cómo sobrevivir en París (con engaños al Cónsul, a sus escasos amigos, a su familia, a un par de novias que consigue; engaños que se tornan tan enredados y complejos, tan divertidos, como los de las mejores novelas picarescas). A ratos lo asalta al lector en una página cualquiera el argumento de una canción que Joaquín Sabina no ha escrito pero seguro ha pensado: “Hay ventanas que entornan los párpados de las persianas y me hacen guiños desde lejos. Hay callecitas desiertas con un pequeño bistrot donde no entra nadie, o una tienda de antigüedades que no tiene clientela; pero al pasar por allí me siento acompañado por el farol de la esquina” (p. 145), o algún aforismo que pudo haber compuesto Nicolás Gómez Dávila: “Para escribir una novela hispanoamericana hay que estar en París” (p. 181).

Lo que lo diferencia de un personaje de la picaresca o del propio Ignatius Reilly es que por momentos, sólo por momentos, este narrador sabe en qué situación está, advierte sus límites: “Cuando uno no es un personaje histórico como Napoleón Bonaparte, sino una persona del montón dentro de la historia, la cronología es una explosión de vanidad pueril” (p. 251). “Pertenezco a una borrosa capa social [...] mi padre fue un oscuro empleado abrumado de humillaciones y deudas [...] mi talento creador no es sino una imaginación desorbitada [...] no soy sino un vagabundo que vegeta en París agarrado al leño de sus expedientes y de sus mentiras” (201). “Soy inconsciente, irresponsable, perezoso” (p. 25).

Mientras leí este diario lleno de aventuras, de trabajos de amor perdidos, de engaños, de iluminaciones me sentí leyendo una obra maestra –sí, con todas las letras: una obra maestra– injustamente olvidada. Por la complejidad del personaje, por sus ideas geniales y mezquinas, porque es un guía del París de los tránsfugas incluso más competente que el Oliveira de Cortázar, porque me hizo estremecer y reír, porque me hizo pensar y enarcar las cejas cada tanto. Porque me hizo clamar por una reimpresión urgente. Porque me hizo sentir curiosidad por volver a leer las obras de Caballero Calderón, a quien tanto desprecié –despreció mi generación– durante el bachillerato. Porque me hizo volver a empezar de inmediato una novela de argumento similar –un escritor pícaro e inteligente en busca de su obra– escrita nada menos que por el hijo de este gran escritor que es Eduardo Caballero Calderón. Increíble: padre e hijo escriben casi la misma novela, con veinte años de diferencia, y en ambas descubren filosamente dos ciudades con sus tipos humanos: el padre París y el hijo Bogotá. No me jodan. Hay que leer El buen salvaje de Eduardo Caballero Calderón. Vamos a ver cómo sale librada después de la relectura Sin remedio de Antonio Caballero.


Eduardo Caballero Calderón, El buen salvaje, Barcelona, Ediciones Destino, 1967, 289 páginas.

jueves 17 de septiembre de 2009

Devaneos. ¿En qué Planeta vivimos?


Este escritor lleva dos, tres novelas publicadas. Su nombre también aparece en la tapa de un par de libros de no ficción: de pronto una selección de columnas que ha firmado en la prensa de su país –es periodista o, al menos, columnista, con seguidores y detractores como todos ellos–, quizá la biografía de un personaje histórico. Se le ve en las páginas sociales de las revistas de actualidad y en algún noticiero dando su opinión sobre este o aquel tema, su nombre y dos apellidos están en las tarjetas que anuncian eventos donde unos señores hablan allá en una mesa sobre cualquier asunto y al final se ofrece vinito y canapés a los asistentes. Digamos, para resumir, que este escritor tiene cierto peso y presencia en la vida intelectual de su país. En este momento escribe frente a su portátil. Una columna, un reportaje, le da vueltas al personaje de la novela que prepara desde hace cuatro meses. Suena el teléfono y después de cinco timbrazos, incómodo porque le cortaron el hilo de su concentración, toma el aparato.
–¿Aló?
–¿Zutano?
–Sí.
–¿Está sentado?
–Sí, ¿qué pasó?
–Hombre, que se acaba de ganar el premio Planeta.
–¿Cuál de todos?


La anterior es una caricatura, pero está inspirada en la cantidad de nombres que venimos escuchando de unos años para acá como portadores de un galardón con el apellido Planeta. Para poner el foco apenas en los más recientes, el año pasado leímos que Fernando Quiroz fue finalista de un premio Planeta, y unos meses después que el español Fernando Savater se ganó otro premio Planeta. En mayo pasado apareció el nombre de Ángela Becerra al lado del titular “ganadora del premio Planeta”, y luego supimos que la española Susana Fortes con su novela Esperando a Robert Capa se había ganado el premio Fernando Lara, que entrega el Grupo Planeta. Toca entonces leer la letra menuda, y es ahí cuando nos encontramos con una galaxia de premios: el premio Planeta de periodismo, el Planeta Casamérica (en el que quedó de finalista Quiroz y se ganó Becerra este año), el Planeta a secas, que es el gordo, el que entrega casi un millón de euros y que se ganó este año Savater. Entre otros.

Es que desde sus comienzos la editorial española lo ha tenido muy claro respecto a los premios. Su fundador, José Manuel Lara Hernández, dijo en 1966: “Sin premio, un autor español no vende, por lo común, más de dos o tres mil ejemplares. Con los premios se llega a decenas de miles, así que no puede dudarse ante la alternativa”. Su hijo, José Manuel Lara Bosch, fue aún más categórico en una entrevista concedida a Sergio Vila-Sanjuán en 2002, para el libro Pasando página: “Nosotros somos fanáticos de los premios porque creemos que ayudan enormemente a la imagen y la difusión de la marca Planeta y porque representan la mejor manera de promocionar un libro. La inversión publicitaria se multiplica por cien cuando hay un premio de por medio. Y además, nos permiten crear noticias permanentemente”. Un premio genera noticias, no hay duda alguna. Y las noticias generan ventas. Es así que este tipo de premios, más que reconocer la calidad de una obra literaria, da visibilidad a ésta, a su autor y a la editorial, con lo cual más público –sobre todo el no especializado– adquiere el libro y, quizá, lo lea.

Ahora el grupo español con fuerte presencia en Colombia ha creado otro premio, el Planeta Bicentenario, que busca honrar “al autor de un libro que trate este tema histórico”, según el comunicado de prensa. Recibí este comunicado, que anunciaba la creación del premio, el 24 de julio, y el 31 de ese mismo mes recibí otro donde se informaba que el premio Planeta Bicentenario había sido concedido, voilá, a Mauricio Vargas Linares por su novela El mariscal que vivió de prisa, dedicada a la vida de José Antonio Sucre.

No voy a discutir por ahora las fortalezas de esta novela –si las tiene– ni sus agujeros estéticos o históricos –si los tiene– por la pedestre razón de que no la he leído. En el reciente Festival Malpensante quedó en claro, al menos, que la investigación de Vargas Linares fue exhaustiva y juiciosa. Ya veremos: ahí la tengo en mi mesita de novedades particular esperando una lectura. Pero el premio y sus métodos sí me generan varias piquiñas, que traduzco en estas preguntas: ¿quiénes fueron los jurados? ¿Dónde salieron las bases de la convocatoria? ¿Hubo convocatoria? Además de tratar el tema del Bicentenario, ¿qué otras características debe tener esa obra para apuntarle al premio? ¿Cómo fue el proceso de deliberación, si a los ocho días –hágame el favor– de anunciar la creación del premio se anunció al ganador? ¿Qué otras novelas se consideraron? Y ya que estamos en plan chismoso, ¿cuál es el monto del premio?

Está bien que cada editorial diseñe como le salga de sus entendederas las estrategias para promocionar sus libros: unas disfrazan de vampiritos a unos muchachos y los ponen a rondar por las librerías de los centros comerciales; las de más allá mandan a hacer muñecos tamaño natural de sus autores más representativos... se trata de empresas privadas y autónomas. Pero la estrategia de conceder premios a diestra y siniestra (léase a dedo, de una mano y otra) confunde y es una manera fea de manipular a los lectores, quienes tienden a considerar que los premios literarios se otorgan a una obra por su calidad, y lo más seguro es que ignoren que se trata de una estrategia para “posicionar la marca”. Y así, me parece a mí, no se vale.


Nota: una versión ligeramente distinta y más corta de esta nota apareció en la edición 100 de la revista El Malpensante.

jueves 10 de septiembre de 2009

Fusilado: Joe Brainard


Brainard mostró su talento artístico desde muy niño: en Tulsa, Oklahoma, ganó todos los concursos de arte colegiales en los que se inscribió, y además diseñaba los vestidos de su madre. A los 16 conoció a los que serían sus mejores amigos el resto de su vida, los poetas Ron Padgett y Ted Barrigan, y Patricia Mitchell. Vivió en Nueva York durante dos años, entre el 61 y el 62, y pasó meses vendiendo su sangre para comer. Brainard se acuerda de eso en este libro. Regresó a esa ciudad en el 63 y ya no se movería de allí hasta su muerte en 1994. Allí desarrolló la mayor parte de sus pinturas, ensamblajes y collages que lo harían famoso.

Dejo esta breve introducción con las palabras de Paul Auster que aparecen en la contraportada de este hermoso libro: “Me acuerdo es una obra maestra. Los libros supuestamente más importantes de nuestro tiempo serán olvidados uno tras otro, pero la pequeña y modesta joya de Joe Brainard perdurará. Con frases sencillas y contundentes, traza el mapa del alma humana y altera de forma permanente la manera en que miramos el mundo. Me acuerdo es a la vez increíblemente divertido y profundamente conmovedor. Además, es uno de los pocos libros completamente originales que he leído”. Difícil escoger algunas frases, porque todas son hermosas. En fin, acá dejo mi selección.



Me acuerdo (fragmento)

Me acuerdo de cuando la polio era la cosa más terrible del mundo.

Me acuerdo de lo bien que puede saber un vaso de agua después de un tazón de helado.

Me acuerdo de la primera vez que vi la televisión. Lucille Ball estaba yendo a una clase de ballet.

Me acuerdo de un profesor de historia que siempre estaba amenazándonos con tirarse por la ventana si no nos callábamos. (Desde una segunda planta.)

Me acuerdo de que una vez me llené la cara de arañazos con mis propias uñas para que la gente me preguntara qué me había pasado, y yo les contase que había sido un gato y ellos, claro está, sabrían que no había sido un gato.

Me acuerdo de los disfraces de india nativa.

Me acuerdo del hit parade.

Me acuerdo de cuando trabajaba en una tienda de antigüedades y cosas de segunda mano: vendía todo más barato de lo que tenía que venderlo.

Me acuerdo de que cuando vivía en Boston me leí todas las novelas de Dostoievski una detrás de otra.

Me acuerdo de haber pensado en arrancar la página 48 de todos los libros que leyese en la biblioteca pública de Boston, pero perdí pronto el interés.

Me acuerdo de mi abuelo, que no creía en los médicos. No trabajaba porque tenía un tumor. Se pasaba el día jugando a las cartas. También escribía poemas. Tenía las uñas de los pies largas y feas. Hacía todo lo posible por no mirarle los pies.

Me acuerdo del hígado.

Me acuerdo de Liberace.

Me acuerdo de los mocasines con borlas de Liberace.

Me acuerdo de los cuellos de las camisas subidos por la nuca.

Me acuerdo de muchos septiembres.

Me acuerdo de cuando me llamaron a filas y tuve que ir al centro a hacerme el reconocimiento psíquico. Era muy temprano. Me comí un huevo para desayunar y noté cómo se asentaba en mi estómago. Después de pasar lista me mandaron ponerme en una cola distinta a la que estaba la mayoría de los chicos. (Llevaba el pelo muy largo, cosa que por entonces era más rara que ahora.) La cola en la que estaba resultó ser la cola para ver al médico de la cabeza. (De todas formas, iba a pedir verlo.) El médico me preguntó si era gay y le respondí que sí. Después me preguntó que qué experiencias homosexuales había tenido y le dije que ninguna. (Era verdad.) Y me creyó. No tuve ni que quitarme la ropa.

Me acuerdo de mi primera experiencia sexual en el metro. Había un tipo (me daba miedo mirarlo) que estaba empalmado y no dejaba de rozarse contra mi brazo. Me excité bastante y al llegar mi parada me bajé y me fui corriendo a casa, donde intenté hacer un óleo con mi pene a modo de pincel.

Me acuerdo de un chico con el que hice el amor una vez y de que cuando terminamos me preguntó si yo creía en Dios.

Me acuerdo de cuando creía que nada que fuese viejo podía tener valor.

Me acuerdo de un trabajo que tuve limpiando el piso de un anciano que había muerto. Entre sus pertenencias había una vieja foto de un joven desnudo prendida a unos calzoncillos de joven. Había sido director del coro de una iglesia durante años. No tenía familia ni parientes.

Me acuerdo de un niño muy pobre que tenía que ponerse las blusas de su hermana para ir al colegio.

Me acuerdo del tafetán. Y de cómo sonaba.

Me acuerdo de las rosas de papel crepé. Y de los calendarios viejos. Y de las boñigas de vaca.

Me acuerdo de que siempre perdía un solo guante.

Me acuerdo de los lecheros. De los carteros. De las toallas para invitados. De los felpudos de “Bienvenidos”. Y de las señoras de Avon.

Me acuerdo de la silla detrás de la que solía pegar mocos.

Me acuerdo del baño de los sábados por la noche y de los cómics del domingo por la mañana.

Me acuerdo de unos ceniceros que eran como una especie de bolsita rellena de semillas y que no se volcaban en superficies irregulares.

Me acuerdo de la gente muy mayor cuando yo era muy joven. Sus casas olían raro.

Me acuerdo de las tizas.

Me acuerdo de cuando las pizarras verdes eran algo novedoso.

Me acuerdo de un chico. Trabajaba en una tienda. Me gasté una fortuna comprándole cosas que no quería. Luego, un día, ya no estaba allí.

Me acuerdo de fantasear con morir y con lo triste que estaría todo el mundo.

Me acuerdo de fantasear con suicidarme y con la carta que dejaría.

Me acuerdo del sonido de cuando venía el de los helados.

Me acuerdo de “Los maricas no saben silbar”.

Me acuerdo de los días lluviosos a través de la ventana.

Me acuerdo de un niño que tenía un padre que no era partidario de los bailes ni de la natación mixta.

Me acuerdo de cuando la Pepsi-Cola estaba con un pie en la tumba.

Me acuerdo de que las cerezas eran muy caras.

Me acuerdo de que mi padre se rascaba las pelotas un montón.

Me acuerdo de lo chica que se te queda la polla cuando te quitas un bañador mojado.

Me acuerdo de evitar mirar a los lisiados.

Me acuerdo de “Eso lo hace hasta un niño”.

Me acuerdo de la primera vez que me vi con bermudas en un espejo de cuerpo entero. No he vuelto a ponérmelas.

Me acuerdo de las noches en los autobuses Greyhound.

Me acuerdo de preguntarme qué estará pensando el conductor.

Me acuerdo de las iglesias modernas, tan pequeñas y feas.

Me acuerdo de lo excitante que es ver fugazmente un cuerpo desnudo en una ventana, aunque en realidad no hayas visto nada.

Me acuerdo de reordenar las cajas de caramelos para que no pareciese que faltaban tantos.

Me acuerdo de que me preguntaba por qué, si Jesús podía curar a los enfermos, no curaba a todos los enfermos.

Me acuerdo de las cadenas de mensajes.

Me acuerdo del papel parafinado.

Me acuerdo de esa pequeña sacudida que das justo antes de quedarte dormido. Como cayéndote.
Me acuerdo de haber intentado chupármela una vez, pero no llegó a funcionar.

Me acuerdo de reflexionar sobre si se debe o no se debe matar una mosca.

Me acuerdo de lo aburridos que eran los noticiarios.

Me acuerdo más de tener canicas que de jugar a las canicas.

Me acuerdo de mi padre intentando quitarme astillas de la mano con una aguja.

Me acuerdo de las llaves de los patines.

Me acuerdo de buscar tréboles de cuatro hojas. Aunque no mucho rato.

Me acuerdo de que me daba vergüenza sonarme la nariz en público.

Me acuerdo de “popó” y “pipí”.

Me acuerdo de que me prohibía a mí mismo comer chucherías antes de que empezase la película.
Me acuerdo de que esas sandalias y esas faldas cortas me parecían poco prácticas para ir a la guerra.

Me acuerdo de las sombras de pies por debajo de la rendija de la puerta. Y de primeros planos de pomos girando.

Me acuerdo de las viñetas cómicas de “recién casados”.

Me acuerdo de caras bonitas que no se mueven.

Me acuerdo de volver del colegio pisando las hojas acumuladas a lo largo del bordillo.

Me acuerdo de que los primeros regalos los abría muy rápido y los últimos muy despacio.

Me acuerdo de lo vacío que podía llegar a ser el día de Navidad una vez que habías abierto todos los regalos.

Me acuerdo de que creí haber inventado algo realmente genial cuando se me ocurrió echarles zumo de naranja a los cereales en vez de leche pero cuando los probé estaban asquerosos.

Me acuerdo de que me encantaba la masa de galletas cruda.

Me acuerdo de ponerme bolitas de mercurio en la palma de la mano, y de abrillantar centavos con ellas.

Me acuerdo de un niño que me dijo que era más divertido mear con alguien que solo, y así lo hicimos, y era verdad.

Me acuerdo de mirar muy de cerca el algodón de feria y de ver que estaba hecho de granitos rojos.

Me acuerdo de ese trozo de carne blanca que se ve ente el dobladillo de los pantalones y los calcetines cuando los hombres mayores cruzan las piernas.

Me acuerdo de un hombre gordo que vendía seguros. Un caluroso día de verano fuimos a visitarle y llevaba puestos unos pantalones cortos y cuando se sentó se le salió un huevo. Me acuerdo de que era igual de difícil mirarlo que no mirarlo.

Me acuerdo de preguntarme si tenía “pinta de gay”.

Me acuerdo de que las ollas a presión no me inspiraban mucha confianza.

Me acuerdo de la cara de mi madre cubierta de mascarilla.

Me acuerdo de que no podía entender cómo la gente muy fea o deforme podía soportarlo.

Me acuerdo de una chica rechoncha con el pelo largo y las orejas perforadas y unas tetas gigantes de la que se decía que era un polvo fácil.

Me acuerdo de que tenía que ir a pelarme cada dos sábados. Y de que el barbero siempre estaba haciendo sonar las tijeras, hasta cuando no estaba cortando nada.

Me acuerdo de los envoltorios ruidosos de caramelos justo cuando no quieres hacer ruido.

Me acuerdo de ponerme mi mejor ropa para ir a comprar ropa nueva.

Me acuerdo de los lápices amarillos del número 2 con la goma rosa.

Me acuerdo de algunos maestros que te dejaban ir a sacarle punta al lápiz sin tener que preguntar.

Me acuerdo de los pequeños lunares blancos de las uñas.

Me acuerdo de las sábanas frías en invierno.

Me acuerdo de ir por la calle intentando no pisar las rayas.

Me acuerdo de encontrar en ese cajón cosas que no tenía que encontrar, ocultas entre las medias.
Me acuerdo de la forma que tiene de plegársete sobre el dedo una mano de bebé, como si fuese para siempre.


Lo fusilamos de: Joe Brainard, Me acuerdo, México, Sexto Piso, 2009, 146 páginas. Traducción de Julia Osuna Aguilar. Gracias a Mario Jursich por pasarme este librito inolvidable.

jueves 3 de septiembre de 2009

Hiroshima, de John Hersey


Quienes han estudiado el fenómeno de Hiroshima –del artículo periodístico, no el de la bomba atómica que barrió la ciudad el 6 de agosto de 1945– cuentan que la cosa fue más o menos así: en diciembre de ese año se reunieron William Shawn, editor general de la revista The New Yorker, y John Hersey, corresponsal de la revista Time en Oriente, y hablaron, por supuesto, de la bomba y su cubrimiento periodístico. A Shawn le inquietaba que dentro del océano de datos, balances, discursos y revisiones éticas se hubiera tratado tan poco de primera mano el aspecto humano del evento, y ambos barajaron la posibilidad de que Hersey escribiera con ese enfoque un artículo para la sofisticada revista neoyorquina. En marzo Hersey recibió un cable de Shawn autorizándolo para que fuera a Hiroshima, investigara y escribiera el artículo, que debía estar listo para agosto, mes del aniversario de la bomba. El periodista llegó a la ciudad japonesa en mayo, adelantó un extenuante trabajo de investigación durante tres semanas y en junio se sentó a escribir. La primera semana de agosto entregó a Shawn un manuscrito de 150 páginas, alrededor de 31 mil palabras, para que fuera publicado en cuatro entregas en The New Yorker.

Cada entrega tenía una introducción independiente. Pero a Shawn le pareció que estas entradas rompían la cuerda dramática del reportaje, por lo que sugirió publicarlo en una sola entrega de la revista. Harold Ross, su fundador y director, se tomó una semana para pensar en la propuesta de Shawn, y al final accedió. Dentro del mayor sigilo se encerraron los tres a trabajar en el manuscrito, frase por frase. No recibieron llamadas ni se ocuparon de nada más durante largos días. Los autores que esperaban respuesta por sus manuscritos desesperaban con llamadas, pero nadie en la revista les daba razón porque nadie sabía qué estaba pasando. En la edición del 31 de agosto de 1946, con una portada que no indicaba absolutamente nada sobre su contenido (el dibujo primitivista de un parque urbano) y después de la programación teatral de la ciudad, Hiroshima, de John Hersey, ocupó toda la extensión de The New Yorker. La introducción es imborrable, y la quiero transcribir completa:

Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señora Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino. En ese mismo instante, el doctor Masakazu Fujii se acomodaba con las piernas cruzadas para leer el Asahi de Osaka en el porche de su hospital privado, suspendido sobre uno de los siete ríos del delta que divide Hiroshima; la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de un sastre, estaba de pie junto a la ventana de su cocina observando a un vecino derribar su casa porque obstruía el carril cortafuego; el padre Wilhelm Kleinsorge, sacerdote alemán de la Compañía de Jesús, estaba recostado –en ropa interior y sobre un catre, en el último piso de los tres que tenía la misión de su orden–, leyendo una revista jesuita, Stimmen der Zeit; el doctor Terufumi Sasaki, un joven miembro del personal quirúrgico del moderno hospital de la Cruz Roja, caminaba por uno de los corredores del hospital, llevando en la mano una muestra de sangre para un test de Wassermann, y el reverendo Kiyoshi Tanimoto, pastor de la iglesia Metodista de Hiroshima, se había detenido frente a la casa de un hombre rico en Koi, suburbio occidental de la ciudad, y se preparaba para descargar una carretilla llena de cosas que había evacuado por miedo al bombardeo de los B-29, que, según suponían todos, pronto sufriría Hiroshima. La bomba atómica mató a cien mil personas, y estas seis estuvieron entre los sobrevivientes. Todavía se preguntan por qué sobrevivieron si murieron tantos otros. Cada uno enumera muchos pequeños factores de suerte o voluntad –un paso dado a tiempo, la decisión de entrar, haber tomado un tranvía en vez de otro– que salvaron su vida. Y ahora cada uno sabe que en el acto de sobrevivir vivió una docena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería. En aquel momento, ninguno sabía nada.

La revista circulaba en esa época alrededor de 300 mil ejemplares y tenía un precio en la tapa de quince centavos. A las pocas horas se agotó y ejemplares se vendían por la calle a quince y veinte dólares. Otras revistas la reseñaron como si fuera un libro, algo inusual, y emisoras de radio en Estados Unidos y Europa leyeron en su totalidad el contenido. Algo así como un mes y medio después Alfred A. Knopf publicó el reportaje como libro, y desde entonces no se ha dejado de reeditar, de leer y de estudiar en academias de periodismo americanas. Por eso es raro que con semejante impacto y con ese contenido el libro haya circulado tan poco en el ámbito castellano. En un ensayo muy bello sobre el trabajo de traducción y aspectos relativos a la bomba, Juan Gabriel Vásquez menciona que hubo una edición argentina, pero, en sus palabras, se trata de una suerte de unicornio de los libros: todos hablan de él pero nadie lo ha visto. Turner fue la editorial española que encargó la traducción a Vásquez, para su fina colección Armas y Letras, pero esa edición circuló nada por América Latina, y era costosa. Ahora, DeBolsillo la distribuye en nuestros países con un precio amigo, y es cosa de celebrarse.

Seguro los lectores de esta nota habrán advertido que está acercándose el punto final y, contra mi costumbre, he comentado muy poco sobre el contenido del libro y mucho sobre aspectos relativos a la publicación en su forma original de artículo periodístico. Es que tengo poco para decir. Siete palabras, para ser exactos: hay que comprarlo y hay que leerlo.


John Hersey, Hiroshima, Barcelona, DeBolsillo, 2009, 184 páginas. Traducción de Juan Gabriel Vásquez.

miércoles 26 de agosto de 2009

Fusilado: Cyril Connolly



Durante la Feria del Libro de Bogotá que acaba de terminar estuve en varias charlas y presentaciones de escritores jóvenes colombianos, organizadas por sus editoriales. Lo que oí allí, lo que vi, unido a las novelas de ellos que he leído últimamente me llevan a pensar en la falta de ambición de los escritores colombianos menores de cuarenta (y voy a rescatar apenas, por ahora, tres únicas excepciones: Juan Esteban Constaín, Juan Carlos Rodríguez y Juan Gabriel Vásquez). Pareciera que escriben obras desechables, que se van a leer a lo más durante dos, tres meses: mientras dura la promoción complaciente que les hacen en los medios sus colegas y amigos, porque resulta que muchos de ellos o son periodistas o están o estuvieron vinculados de alguna manera a medios de comunicación. Unas novelitas ahí, para leer y botar y pasemos a la siguiente, porque sale una cada tres meses. Ninguna de esas novelas se va a leer siquiera el año entrante, y eso va a terminar por acabar con el interés de las editoriales en esos escritores. Porque estoy seguro de que ninguna de las novelas de esos autores vende más de seiscientos ejemplares. Más de ochocientos, pongamos para ser generosos. Y un negocio tan costoso y arriesgado como el de la edición de libros no se sostiene a largo plazo con esas cifras.

Lo que vi en esas presentaciones de la Feria del Libro y lo que oí también me hizo recordar este texto escrito por uno de mis ensayistas favoritos. Cambiando los nombres y exceptuando un par de ideas menores suscribo todo lo que plantea.

Los próximos diez años

Ésta es la época del año en que estallan las guerras y un vidrio roto entrega alevosamente el bosque al sol vengativo. Los incendios forestales ya han consumido miles de hectáreas del Var, y los combatimos encendiendo fuegos controlados que reducen una franja de terreno a cenizas antes de que el frente principal haya tenido tiempo de llegar. A su vez, es necesario aislar y extinguir estas llamas, prendiendo fuego a otras franjas más obedientes todavía, hasta que las últimas pavesas expiren en el jardín donde escribo.

Es la sobremesa de un día sofocante. El almuerzo ha consistido en una tortilla, vichy y melocotones. La mesa está a la sombra de un plátano, y un gramófono suena en la habitación contigua. Siempre procuro escribir por la tarde, pues corre suficiente sangre irlandesa por mis venas para que tema el temperamento irlandés. La forma literaria que éste adopta, conocida como el “crepúsculo celta”, consiste en una adicción a la melancolía y un uso exagerado de palabras, y los buenos escritores irlandeses exorcizan al demonio disciplinándose en una cultura extranjera y más rigurosa. Yeats traducía del grie­go, mientras que Joyce, Synge y George Moore huyeron a París. En cuanto a mí, el latín de Augusto y el inglés neoclásico me parecen los mejores correctivos, pero no siempre dan el resultado apetecido, y, si escribo cuando oscurece, las sombras del crepúsculo esparcen sus tonos purpúreos desde el principio hasta el fin de mi prosa. ¿Por qué no escribo enton­ces por la mañana? Lamentablemente, en mi caso, el tiempo productivo de la mañana suele ser insignificante, y resulta cu­rioso que, si bien no menosprecio a quienes se acuestan antes que yo, casi todos se impacientan conmigo porque no me le­vanto cuando ellos lo hacen. Es posible que una mañana llu­viosa esté trabajando en la cama y ellos no tengan nada que hacer, pero aun así no ocultarán sus sentimientos de superioridad e inquina.

Ahora bien, entre la mañana derrochada en la cama y la noche peligrosa median las horas de la tarde en las que canta la cigarra, tan preñadas de tedio, y de ellas dispongo ahora para examinar el problema que me obsesiona.

Los próximos diez años

1) ¿Qué le habrá ocurrido al mundo dentro de diez años?
2) ¿A mí? ¿A mis amigos?
3) ¿A los libros que escriben?

Sobre todo a los libros, pues, para decirlo de otra manera, tengo una sola ambición: escribir un libro que se mantenga vigente durante diez años. ¿Cuántos libros de hoy han dura­do tanto? Pongo diez años porque ése es el tiempo que llevo escribiendo sobre libros y porque puedo afirmar, y ésta es la advertencia más grave, que dentro de poco la escritura de li­bros, en especial obras de ficción que duren una década, será un arte extinto. Los libros contemporáneos no se mantienen. La calidad intrínseca que contribuye a su éxito es lo primero que desaparece; se alteran de la noche a la mañana. En consecuencia, es preciso buscar una calidad que mejore con el tiempo. La brevedad del éxito de un libro puede deberse a los lectores, pues periódicos, bibliotecas, sociedades literarias, radio y cine han viciado el arte de la lectura. Pero los libros en los que estoy pensando ya fueron leídos en otro tiempo y los lectores con discernimiento los consideraron buenos. No obstante, han tenido el mismo sino que los otros.

Describamos, por ejemplo, la literatura inglesa en 1928. Mencionaremos a Lawrence, Huxley, Moore, Joyce, Yeats, Virginia Woolf y Lytton Strachey. Si somos inteligentes, añadiremos a Eliot, Wyndham Lewis, Firbank y Norman Douglas, y si somos serios, a Maugham, Bennett, Shaw, Wells, Galsworthy y Kipling. De todos los autores, Strachey, Galsworthy, Heimett, Lawrence, Moore y Firbank han muerto y no están de moda. Es como si nunca hubieran existido. Supongamos que se descubrieran nuevos manuscritos, un Five Towns de Bennett, un Forsyte de Galsworthy, incluso otra novela de Lawrence: sería una pesadilla. Podemos achacar este prejuicio a una reacción natural que relega la obra de ayer en favor de la de hoy, pero en gran parte es anormal, porque a esos escritores se los alabó anormalmente cuando vivían. Desde la época de su auge, las reputaciones de Shaw, Joyce, Firbank, Huxley y muchos otros han declinado. De hecho, entre los escritores eminentes de hace diez años, sólo la fama de Eliot, Yeats, Maugham y Forster ha ido en aumento. Y de los jóvenes autores de hace diez años sólo unos pocos se mantienen en el candelero.

También yo estoy en un apuro, a saber, ¿cómo vivir otros diez años?

Vivir significa, sobre todo, mantenerse vivo. El apuro es económico. ¿Cómo ganar lo suficiente para comer? Sin embar­go, supongo que la mayoría de mis lectores se habrán adapta­do de algún modo a la situación actual, pues al fin y al cabo escribo para los burgueses como yo. No existe mayor placer para un escritor que el de llegar al público, y a nadie le de­sagrada el aislamiento más que a un artista, en especial a un artista difícil, pero debe llegar al público por medios rectos; si le halaga, si le grita, le ruega, le sermonea o le embauca aprovechándose de su confianza, tan sólo atraerá a los elemen­tos indignos, y son éstos los que, al cabo, le abandonarán. Mientras tanto, mi manera de escribir, así como las cosas so­bre las que me gusta hacerlo, no atraen a los miembros de la clase obrera, y tampoco puedo tenderles ningún puente has­ta que estén preparados para cruzarlo. Así pues, os saludo, mis educados semejantes burgueses, cuyos intereses y dudas com­parto.

Otra manera de mantenerte vivo es evitar que te maten, y aquí entramos en una cuestión política. Sólo existe una manera oficial de zafarte de tal posibilidad, la de no participar en la guerra, mas para ello es necesario evitar el papel del buen samaritano y pasar al otro lado dando un rodeo.

Para los idealistas, tener que prescindir de sus ideales y apoyar así una política cínica en la que no creen es una pos­tura humillante. En consecuencia, no puede decirse que per­manecen espiritualmente vivos, y esta necesidad de elegir en­tre los azares de la guerra, el exterminio físico y los peligros de una paz basada en la técnica del avestruz y el estancamiento espiritual, entre la muerte física y la moral, es otra situación difícil.

Puesto que en la actualidad nuestra expectativa de vida es tan insegura, la única manera de asegurarnos otros diez años es hacer una obra que sobreviva ese tiempo, pues la mejor obra estalla con un impacto retardado. Es el caso de E. M. Forster, quien sólo ha producido dos libros desde la última guerra, pero sigue vivo porque sus demás libros, publicados entre veinte y treinta años atrás, están ganando terreno entre los lectores inteligentes, y su polen fertiliza a una nueva genera­ción. Esto ocurre por varias razones, la primera de las cuales tal vez sea que las novelas de Forster exponen el conflicto general localizado en el conflicto político de hoy. Sus temas son el derribo de barreras: entre blancos y negros, entre cla­ses sociales, entre sexos, entre el arte y la vida. “Tan sólo unir...”, el lema de Howards End, podría ser la lección de toda su obra. Sus héroes y heroínas, con su autodisciplina, su afectividad, su horror a la simulación y a las falsas emociones, a la exclusividad intelectual en el plano moral, y a la propiedad, el dinero, la autoridad y los lazos sociales y familiares en el material, son los precursores de la juventud izquierdista de hoy, la cual puede utilizar a Forster como punto de partida en cualquier dirección que desee tomar. Así, la forma de parábola de las novelas forsterianas puede sobrevivir a la forma panfletaria de las obras teatrales de Shaw, a pesar de su vigoroso pensamiento, porque Forster es un artista y Shaw no lo es. Gran parte de su arte consiste en la llaneza de su escritura, pues está seguro de la verdad de sus convicciones y la fuerza de sus emociones. El escritor que no está tan seguro de lo que quiere decir o de lo que siente es el que tiende a escribir con un estilo recargado para ocultar su ignorancia o encontrarse inesperadamente con una respuesta. De manera similar, el novelista que tiene dificultades para crear personajes es el que se goza en una excelente escritura. Ese estilo nada enfático y llano de Forster hace que sus obras se relean con facilidad, pues no contienen nada de lo que uno pueda cansarse, excep­to desenvoltura. Pero hay otra razón por la que la obra de Forster conserva su frescura, y es que su estilo no ha sido imitado.

Lo que mata una reputación literaria es la inflación. La pro­paganda, publicidad y entusiasmo que un libro genera –en una palabra, su éxito– implican una reacción en su contra. El ele­mento de inflación en el éxito de un escritor, el grado hasta el que ha sido forzado, es algo que debe descontarse por depre­ciación. Uno puede engañar al público acerca de un libro, pero el público guardará un resentimiento proporcional a la insensatez de la obra. Al público se le puede embaucar deli­beradamente por medio de la propaganda y la publicidad, o puede engañarse por accidente, porque el escritor se ha engañado a sí mismo. Si echamos un vistazo a los suplementos literarios de la prensa dominical, vemos cómo se produce el embaucamiento del público, la inflación en activo. Una palabra como “genio” se usa tantas veces que finalmente la frase: “Jenkins tiene genio. ¡Cauliflower Ear es inmenso!” re­sulta cierta, pues el hombre es tan genial e inmenso como los demás escritores alabados en esas páginas. Las palabras se resienten, puesto que la inflación les ha hecho perder su signi­ficado. Al principio el público también se resiente, pero aca­ba por no hacer caso, y así es preciso extraer nuevas obras de su retiro y obligarlas a sugerir mérito. Con frecuencia el pú­blico se interesa por un libro porque, aunque malo, es tópico, su actualidad pasa por originalidad, sus ideas parecen impor­tantes porque están “en el aire”. The Bridge of San Luis Rey, Dusty Answer, Decline and Fall, Brave New World, The Postman Always Rings Twice, The Fountain, Good-bye, Mr. Chips son ejemplos de libros que han tenido un éxito desproporcionado a su mérito indudable, y ahora se produce una reacción desfavorable contra sus autores, porque el público excitable en demasía que ha leído esos libros ha sido engañado. Ningu­no de los autores esperaba que sus obras se convirtieran en best sellers, pero, sin que ellos lo supieran, dieron con la combinación química contemporánea de ilusión y desilusión que hace vender los libros.

Pero también puede darse el caso de que escriba un buen libro, que éste sea imitado y esas imitaciones tengan más éxito que el original, de manera que cuando pase la boga excesiva que han creado arrastren al buen libro con ellas. Esto es lo que le ha ocurrido a Hemingway, quien hizo ciertos descubrimientos de estilo puntillista que casi le han abocado al fracaso. Ese factor, sobre el que somos cada vez más suspicaces, depende tanto del estilo que, si bien la crítica tiende a explicar a un autor ya sea desde el ángulo de su experiencia sexual, ya desde el de su medio económico, sigo creyendo que esa técnica constituye el fundamento más firme para un diagnóstico; que es posible saber tanto sobre los ingresos de un autor y su vida sexual a partir de un párrafo suyo como de las matrices de su libro de cheques y sus cartas de amor, y que ese mismo párrafo también puede permitirnos saber lo bien que escribe y cuáles son sus influencias. Los críticos que ignoran el estilo están expuestos a englobar a buenos y malos escritores en apoyo de unas teorías preconcebidas.

Un experto debería ser capaz de decir cómo es una alfombra examinando una sola de las madejas usadas para tejerla, o una cosecha enjuagándose la boca con una copa de vino. Si lo aplicamos a la prosa, este método tiene una ventaja: un pasaje separado de su contexto queda aislado del resto del libro y no puede depender de la buena voluntad que el autor ha establecido diestramente con el lector. Este aspecto es importan­te, pues en todos los libros que han sido best sellers y luego han fracasado existe esa pericia comercial. El autor ha embau­cado al lector conquistando su voluntad al comienzo y estable­ciendo así una atmósfera favorable para hacerle aceptar su producto inferior: falsos sentimientos, mala escritura o situa­ciones irreales. Escribir un best seller es plantearse un proble­ma de seducción. Esa clase de libro es un timo. Dan al lector un cigarro, una copa de coñac y le piden que ponga los pies en alto y escuche. Entonces el autor le cuenta el relato. La atmósfera más favorable es una butaca en la platea de un teatro, y, en consecuencia, de todas las cosas que gozan del éxito contem­poráneo, la que lo obtiene con menos mérito es la obra teatral ordinaria.

Un gran escritor crea un mundo propio y sus lectores se enorgullecen de vivir en él. Un escritor inferior podrá atraer­los durante un momento determinado, pero muy pronto los verá marcharse en fila.

Oscurece ya, las ranas croan, los vencejos se ladean y silban sobre el terraplén y la noche va cargando de amenaza las ho­ras sesgadas durante las que se me puede confiar una pluma.


Lo fusilamos de: Cyril Connolly, “Enemigos de la promesa (1938)”, en Obra selecta, Barcelona, Lumen, 2005, pp. 39-46. Traducción de Jordi Fibla.

miércoles 19 de agosto de 2009

Frutos extraños, de Leila Guerriero


La primera parte de esta antología la componen dieciséis crónicas y perfiles de esos frutos extraños que a Leila Guerriero tanto le atraen: un mago que trabaja con un solo brazo, un gigante que conoció la gloria en las puertas de la NBA y ahora se muere de apatía en un pueblo de mierda, el batería con síndrome de Down de una banda de rock que hace música imposible, la dama encantadora que asesinó a sus amigas con tazas de té, la inmensa y terrorífica Patagonia... Y cuesta tanto pasar de una crónica a la siguiente. Cada una es el mundo. Cada una es una pieza notable de estilo, de investigación, de trabajo periodístico. Cada una es una muestra insidiosa de buena escritura, de realidad, de acercamiento responsable a esa realidad. De la rabia que nos da ese gigantón que iba a ser todo y no fue nada tenemos –tenemos– que pasar al relato de la niña que escondió su embarazo y cuando parió mató a su bebé. No es una asesina despiadada o bruta, es una señorita de provincias con una inocencia a prueba de las más duras pruebas: está en la cárcel pagando una condena larga larga, y pareciera que eso es secundario, pareciera para ella que está en la casa del Gran Hermano: “Uy, mirá qué lindo pajarito”; “Qué flaca que sos. ¿Qué talle tenés? Si tenés alguna ropita, ya sabés. A mí me encanta la ropa. ¿Vos ya desayunaste?” (p. 41). El Rey de la Carne, protagonista de otro perfil, tiene modales de mafioso, pero al tiempo, como cualquier Soprano, es padre dedicado y vecino atento a las necesidades de sus vecinos. Y de su retrato tenemos –tenemos– que pasar al retrato de un médico playboy que se hace pasar por Freddie Mercury. Es difícil.

La tercera parte contiene una suerte de manual de instrucciones: “Sobre el periodismo” comprende cuatro reflexiones donde la autora intenta explicar cómo hace lo que hace. Y allí encontramos pistas para saber por qué no odiamos del todo a ese ganadero terrateniente que se pasa semáforos en rojo y se da trompadas con algún contradictor, por qué Romina Tejerina, la niña que mató a su bebé, nos despierta no rabia, ni siquiera compasión, sino más bien ternura: “Me voy a poner porno: lo difícil no es entender que una víctima puede no ser monolíticamente un santo, sino entender que un dictador puede no ser monolíticamente un hijo de puta” (p. 402). Entendemos también por qué cada pieza de Leila Guerriero es sólida, potente, absoluta: “Cuando termino, después de muchos días y varias correcciones, releo y me hago estas preguntas: ¿tiene toda la información necesaria, las fechas son correctas, las fuentes están citadas, la cronología tiene saltos inentendibles, hay escenas estáticas intercaladas con otras de acción, fluye, entretiene, es eficaz, no tiene mesetas insufribles, hay descripciones, climas, silencios, tiene todos los datos duros que tiene que tener, hay equilibrio de voces y opiniones, hay palabras innecesarias, tics, autoplagios, comas mal puestas, faltas de ortografía, me esforcé por darle, a cada frase, la forma más interesante que pude encontrar?” (p. 406). Esta check list es el mapa de la estrategia de un escritor en su guerra contra el cliché.

La segunda parte, “Discusiones”, contiene cinco ensayos breves donde la autora controvierte costumbres que damos por beneficiosas o que deben estar bien –y debemos aceptar– por corrientes: contra los guardianes de la salud, contra las chicas Cosmo, contra los city tours y la última es a favor de decir no. Y estos textos breves tienen tanto músculo como cualquiera otra pieza de esta autora, una artesana del lenguaje, de la idea brillante, de la investigación obsesiva, de la fortaleza textual: “Erradicadas las pestes más o menos peores, la clase media occidental ha salido a buscar nuevos peligros, y los ha encontrado: carnes rojas, baños de sol” (p. 320), dice en “Enfermos de salud. Diatribas contra los guerreros del mijo”. Y sigue: “Se multiplican los fundamentalistas del té verde, la japonesidad y los cereales” (p. 320). Increíble, me parece a mí, que con una palabra inventada por la autora comprendamos el montón de cosas que quiere decir. En “Contra los city tours”, en el primer párrafo le dice a un taxista que la lleve al mercado de Sonora, y el conductor no lo puede creer. Cuando al fin la lleva y ella pasea por ahí “entendí el espanto del taxista: mi paseo por Sonora era una afrenta. ¿Con qué derecho le miraba yo así los calzones a México? ¿Por qué no me contentaba con ser una turista decente?”. Ella misma lo dice más adelante: “Las ciudades existen más allá de sus lugares comunes”. Y estas frases afortunadas (o digámoslo de una vez: estos aforismos) están casi en cada página de las más de cuatrocientas de este libro.

En medio de todo el entusiasmo que despertó el año pasado la publicación en español de Vida y destino, de Vasili Grossman, uno de los tantos comentarios que leí decía que era una fortuna rara y bella leer un clásico en el momento de su aparición. Pues bien, acá tenemos otro caso.


Leila Guerriero, Frutos extraños. Crónicas reunidas 2001-2008, Bogotá, Aguilar, 2009, 414 páginas.

miércoles 12 de agosto de 2009

Fusilado: Walt Whitman


La imagen que nos queda de Whitman –a quienes todavía nos suena para algo o nos interesa el poeta americano nacido en 1819– es la de un anciano venerable retirado del mundo, ocioso o más bien, si somos condescendientes, dedicado a la contemplación. Pero no: antes de su retiro Whitman fue un trabajador infatigable, toda vez que desde adolescente tuvo que mantenerse por su cuenta. Fatigó incontables oficinas, fue carpintero y constructor de casas, trabajó en imprentas y periódicos, y hasta cuidó heridos en hospitales.
Al final de sus días quizá si fuera un anciano dedicado a la contemplación: había quedado casi impedido después del ataque que sufrió a los 53 años y que motivó su retiro definitivo en Camden, Nueva Jersey. Allá lo visitaba casi a diario su joven amigo Horace Traubel, quien acostumbraba apuntar lo que decía Whitman. Esas frases fueron después recopiladas en cinco tomos con el título Walt Whitman in Camden. El poeta venezolano Rafael Cadenas tradujo, presentó y seleccionó de allí, y de otro par de fuentes, algunas para la Revista Universidad de Antioquia; de la selección de Cadenas hice una para los lectores de El ojo en la paja, que fusilo abajo.

El poeta murió y fue enterrado en Camden, en 1892. Su amigo Horace lo siguió en 1919 y fue enterrado cerca.

Whitman Oral (fragmento)


Todo el mundo está escribiendo, escribiendo, escribiendo, y lo que es peor, escribiendo poesía. Sería mejor si toda la tribu de los escribidores –cada uno de nosotros– fuera enviada a cualquier parte a realizar un trabajo honesto.

--
Siempre tomo lo que viene: patadas, bendiciones, cualquier cosa.

--
¡Sea natural, sea natural, sea natural! Sea un tonto completo, sea sabio si tiene que serlo (si no puede evitarlo), sea cualquier cosa pero sea natural: casi cualquier escritor que esté dispuesto a ser él mismo, llegará a valer algo –porque todos valemos algo, casi lo mismo, en el fondo–. El problema es principalmente que los escritores dejan de ser hombres: los escritores reflejan escritores, y nuevamente los escritores reflejan escritores, hasta que el hombre se agota, se acaba.

--
Cuando veo con cuánto empeño se esfuerza la gente en decir cosas brillantes o ingeniosas, me parece conveniente recordarle de vez en cuando los simples hechos –los simples divinos hechos.

--
A medida que envejezco veo cada vez más la futilidad de hacer cálculos. Rehúso tener ilusiones. Trato de no adquirir el hábito de esperar ciertas cosas en ciertos momentos, de planear para mañanas, los eternos mañanas que nunca llegan como lo dispusimos.

--
... todavía le digo al ejército de los ilegibles: por el amor de Dios, hagan lo que puedan para escribir de modo que podamos obtener al menos algunos indicios sobre lo que ustedes tratan de decir.

--
No conozco nada a lo que dé tan poca importancia como a palabras bonitas, pensamientos bonitos, porcelana bonita, arreglos bonitos.

--
... La vida americana: cada hombre tratando de derrotar a otro, abandonando modestia, abandonando honestidad, abandonando generosidad para lograrlo, creando una guerra, cada hombre contra cada hombre; todo el desgraciado asunto falsamente afinado por ideales de dinero, política de dinero, religiones de dinero, hombres de dinero.

--
Que Dios proteja nuestras libertades cuando el dinero tenga finalmente nuestras instituciones en sus garras.

--
Tener éxito es una nueva experiencia: parece que siempre sé qué hacer con el fracaso, pero el éxito es un enigma para mí.

--
La gente habla a menudo de mí como si yo fuera muy nuevo –original–. Soy en realidad muy viejo así como muy nuevo. Vengo no tanto a anunciar cosas nuevas como a recobrar la correcta perspectiva sobre cosas viejas. Soy muy llano, casero, fácil de conocer, si se me capta bien. Hace tres o cuatro años les hablé a algunos jóvenes soldados en Brooklyn. Comencé diciéndoles que no venía a revelarles cosas nuevas, sino a hablar de aquellas cosas particulares que todos ellos sabían. Cuando veo cuán endiabladamente se esfuerza todo el mundo en decir cosas brillantes, me parece bien llamar la atención hacia los simples hechos –los simples, divinos hechos– de vez en cuando.

--
Me gusta interrogar (cross-examine) pero no me gusta ser interrogado.

--
La respetabilidad no tiene buena opinión de mí. Supongo que el rechazo es mutuo.

--
Nada encuentro en la literatura que sea valioso simplemente por su cualidad profesional: la literatura sólo es valiosa en la medida de la pasión –la sangre y el músculo– de que está investida, la cual yace oculta y activa en ella.

--
Los cuentistas, por lo general, no me atraen... ¿Qué puede uno sacar de ellos? ¿Cuál es su futura significación? ¿Tienen alguna? ¿No llegan y se van? ¿No se agitan apenas sobre la superficie, mariposean alrededor en frágiles recipientes literarios por un rato y luego se despiden con una inclinación?

--
Yo no reviso demasiado mis revisiones, no pulo; no considero esencialmente importante desarrollar especiales saberes técnicos. Estudiar para la recitación es principalmente asunto técnico, tiende a la reacción, fomenta el formalismo. Me mantengo tan lejos como puedo de la pura mecánica de la composición.

--
Dudo que sea factible la fotografía en color. ¿Cómo podrá lograrse alguna vez? Parece que hay dificultades técnicas insuperables en el camino. Sin embargo, ¿cómo podemos dudar de algo en esta época?

--
Después de todo, si alguien ha de escribir poesía el secreto es entrar en contacto con la humanidad, saber qué está pensando la gente, retirarse hacia las fuentes más profundas de la vida, atrás, atrás, hasta que no haya más adonde retirarse.

--
Nunca memorizo poemas: se interpondrían en mi camino.

--
El ascetismo es siempre obsceno para mí.

--
Mi mente es lenta, nunca se atropella.

--
Estoy a favor de la agitación, agitación, agitación y agitación: sin el cuestionador, el agitador, el perturbador que golpeen nuestra complacencia, nos encontraríamos de veras en una linda situación.

--
... de todas maneras, los mejores hombres sencillos son siempre los mejores hombres –si es que existe en absoluto eso de mejor o el mejor entre los hombres–. La gente cultivada, la gente de buenos modales, la gente bien vestida, esa gente siempre parece cocinada un poquito más de lo necesario, dañada por el acabado.

--
¡Y qué tribu es la tribu de los correctores de pruebas! Creo que algunos hombres, algunos escritores, deben gran parte de su reputación a la excelencia de sus correctores de pruebas, a su vigilancia, a su consejo. ¿Quién puede hacerles justicia a los listos, agudos intelectos de los hombres de este linaje, su considerada paciencia, el gran alcance de su visión? Se les concede poco crédito, son desdeñados, no se les da importancia, se les endilgan argucias. Durante veinte años he tenido más o menos en mente decir mi palabra –decir lo que sé sobre los correctores de pruebas; es una deuda que he debido pagar hace tiempo.

--
... hay momentos en que la casa no se puede reparar más, sino que exige ser demolida.

--
Puede haber razones para apresurarse, pero de todas maneras no soy un acelerado. Aunque estuviera quemándose la casa no podría apresurarme.

--
No siempre se nos dan palmadas en la espalda; algunas veces se nos patea en el trasero, y puede que las patadas hagan tanto bien como las palmadas.

--
Un escritor no puede hacer nada más necesario, más satisfactorio por los hombres que revelarles las infinitas posibilidades de sus propias almas.

--
Entiendo que hay cualidades, fuerzas latentes en todos los hombres que necesitan ser sacudidas para que cobren vida. Sacudir, esa es la función del escritor.

--
Citar es algo que puede convertirse en enfermedad.

--
... odio las comas mal puestas.

--
La mayoría de obras de arte cansan. Sólo las Grandes Obras Maestras no cansan nunca y nunca deslumbran al comienzo.

--
La originalidad debe ser del espíritu y mostrarse en nuevas combinaciones y nuevos significados y en descubrir la grandeza y armonía donde no se pensaba que había grandeza. El estilo debe ser cuidadosamente purgado de cualquier cosa impresionante, deslumbradora u ornamental, y rigurosamente distanciado de todo lo que es excéntrico.

--
No puede haber ningún carácter grande y sublime sin pasar previamente por el pecado.
--
¿Cuando usted escribe, recibe consejo de alguien acerca del escribir? No lo haga: nada lo confundirá más que el consejo. Si alguien quiere mantenerse claro acerca de sí mismo debe ante todo hacer el gran juramento de que nunca tomará ningún consejo.


Lo fusilamos de: “Whitman oral”, traducción y presentación de Rafael Cadenas, Revista Universidad de Antioquia, n° 244, abril-junio de 1996, pp. 33-39.